Arquitectura bioclimática: confort con el clima

La casa como cobijo y adaptación al clima

La arquitectura nació como cobijo. Mucho antes de que hablásemos de estilos, certificaciones energéticas o instalaciones, construir era una forma de adaptarnos al medio: al frío, al calor, a la lluvia, al viento… y también a los materiales disponibles y a la cultura de cada lugar. Por eso, en cada territorio se desarrollaron estrategias distintas, que dieron lugar a una arquitectura propia. Al fin y al cabo, una casa no es solo un techo: es el hábitat que nos envuelve e influye en cómo vivimos.

Más recientemente, se fue extendiendo una forma de construir más homogénea, apoyada en instalaciones que resuelven las necesidades de confort. Y aunque la tecnología es una gran aliada, el punto de partida cambia por completo cuando un proyecto nace de entender el lugar: eso es, en esencia, la arquitectura bioclimática. No renuncia a la tecnología, pero pone el foco en diseñar a partir de las condiciones del entorno para que el confort sea una consecuencia natural.

Al contrario de lo que podría pensarse, la bioclimática no es un estilo: puede dar lugar a un edificio más tradicional o más contemporáneo. Tampoco supone una vuelta al pasado: hoy tenemos unos estándares de habitabilidad más exigentes, y para alcanzarlos podemos recuperar técnicas sencillas —muchas de ellas ya presentes en la arquitectura popular— optimizándolas gracias al conocimiento técnico actual.

La eficiencia energética de los edificios se basa en la combinación de estrategias pasivas y activas, empezando siempre por las primeras. Dentro de las pasivas, el diseño bioclimático es fundamental para ayudarnos a aprovechar y conservar el calor solar en invierno y a protegernos frente al sobrecalentamiento en verano.

Bioclimática: un diseño para 4 estaciones

Antes de profundizar en soluciones concretas, conviene entender que en un edificio bioclimático conviven dos objetivos que pueden parecer contradictorios:

  • Por un lado, buscamos aprovechar la radiación solar para ganar calor en invierno.
  • Por otro, necesitamos protegernos del sobrecalentamiento en verano.

Un buen proyecto bioclimático no se queda solo con uno u otro: equilibra ambos objetivos desde el principio.

Para elegir las estrategias adecuadas es necesario analizar el lugar: el clima, la orientación de la parcela, si hay edificios o arbolado que generen sombras, los vientos dominantes, la humedad del terreno, la frecuencia de lluvias… y, sobre todo, la trayectoria del sol, que cambia según la estación del año y también según la latitud.

En el hemisferio norte, vemos salir el sol por el este, alcanzar su punto más alto hacia el sur y ponerse por el oeste. En invierno recorre una trayectoria más baja y más corta; en verano, más alta y más larga.

Conocer este patrón y la trayectoria solar del lugar —especialmente en el solsticio de verano (punto más alto) y el de invierno (punto más bajo)— permite diseñar edificios capaces de aprovechar un recurso gratuito, el calor del sol, sin hipotecar el confort de verano.

a) Captación solar en invierno

La forma más habitual de captar la radiación del sol es la directa, a través de ventanas o galerías. Además del uso, las vistas y otros condicionantes, se debe estudiar la posición y tamaño de los huecos del edificio en relación con la orientación y al clima.

Cuando es posible, una orientación sur bien resuelta es una de las estrategias más eficaces para el confort invernal: permite que los rayos del sol lleguen al interior, aportando ganancias solares (calor gratuito) que, en una vivienda bien diseñada, se traducen en interiores más templados y una menor dependencia de la calefacción.

Esta captación del calor funciona especialmente bien cuando se combina con una “piel aislante” (muros, tejado, suelo). En este sentido, cuanto más compacto sea el edificio (menor superficie en contacto con el exterior en relación con el volumen habitable), más sencillo será guardar ese calor.

Ahora bien: la radiación solar que agradecemos en invierno puede volverse excesiva si no la limitamos en verano.

b) Evitar el sobrecalentamiento en verano

Con temperaturas cada vez más cálidas debido al cambio climático, el confort de verano gana protagonismo también en climas como el gallego y el asturiano: no basta con aplicar estrategias bioclimáticas de invierno.

La protección frente al exceso de calor no depende de instalar aire acondicionado, sino de estrategias de diseño.

La principal es el sombreamiento. Las ventanas se pueden proteger del sol con elementos fijos —como aleros o porches—, igual que usamos una visera para proteger la cara. En edificios de varias plantas, las galerías o balcones se pueden usar para sombrear huecos de las plantas inferiores. Son recursos sencillos que, cuando se dimensionan correctamente, reducen la entrada de radiación en los meses cálidos, a la vez que permiten su paso en invierno. También se pueden usar protecciones móviles —como contraventanas, persianas o toldos— o vegetación de hoja caduca (parras o árboles). La vegetación caducifolia es un recurso muy valioso: en verano proporciona sombra mientras que en invierno, al perder la hoja, deja pasar el sol. Además, mejora el microclima y la calidad del entorno inmediato.

En climas templados con noches frescas, la ventilación —especialmente la nocturna— ayuda a disipar el calor acumulado. Puede ser natural, permitiendo la ventilación cruzada a través de ventanas en fachadas opuestas, o mecánica, cada vez más habitual en viviendas pasivas mediante sistemas de ventilación controlada con recuperación de calor.

En cualquier caso, la ventilación debe ser controlada: que el aire se renueve a voluntad, no por infiltraciones a través de rendijas, juntas de ventanas o persianas, u otros elementos. Estas fugas, además de reducir la eficiencia energética, pueden generar corrientes de aire o favorecer condensaciones. Y conviene aclarar una confusión frecuente: evitar infiltraciones de aire no implica “sellar” el edificio al vapor de agua. Son dos fenómenos físicos diferentes. La mayoría de los materiales naturales permiten la difusión del vapor.

c) Construcción: materiales adecuados

Todo lo anterior —captar calor en invierno, controlar el soleamiento en verano— funciona de forma óptima cuando las características constructivas del edificio acompañan al diseño bioclimático. Porque no basta con “ganar calor”: también hay que evitar perderlo a través de paredes, ventanas y tejado, y mantener una estabilidad térmica en el interior.

Para ello utilizamos materiales aislantes con los que envolvemos todo el volumen habitable, a modo de abrigo. Ese aislamiento debe ser continuo, sin zonas donde se interrumpa o tenga menor espesor: estas discontinuidades son puentes térmicos y por ahí se pierde calor. Por eso es fundamental prever y resolver correctamente desde el proyecto todas las uniones entre sistemas constructivos.

En bioconstrucción solemos elegir materiales aislantes de origen natural o reciclado, como el corcho, la fibra de madera, la celulosa o fibras textiles recicladas. Muchos de estos materiales tienen más densidad y un mayor calor específico que los aislamientos “convencionales” (EPS, XPS o lanas minerales). En la práctica, esto es una ventaja en verano: retrasan la entrada del calor, lo que amortigua los picos de temperatura en el interior.

Respecto a las ventanas, aunque depende del perfil en concreto, en general las de madera tienen unos valores de aislamiento similares a las de PVC de alta gama y superiores a las de aluminio con rotura de puente térmico.

Además, en el interior de las viviendas a menudo interesa usar materiales con inercia térmica, capaces de suavizar los cambios de temperatura entre el día más cálido y la noche más fresca, para mantener un ambiente más estable.

Diseño bioclimático, la base de una casa pasiva

La arquitectura bioclimática no es una lista de trucos ni una estética concreta: implica diseñar con criterio para conseguir los mejores resultados en confort y ahorro energético, sin necesidad de sobredimensionar el aislamiento ni las instalaciones.

Partiendo de los condicionantes del lugar, se optimiza el diseño del edificio y se eligen los materiales apropiados. Cuando el proyecto está bien planteado, el resultado se nota en el día a día:

Esa es, en definitiva, la esencia de la arquitectura como cobijo: un hábitat que nos envuelve y acompaña.

Y ese es el enfoque con el que proyectamos en EUNOIA.

Preguntas frecuentes

¿Y si la parcela no tiene una orientación ideal o es sombría?
Lo habitual es no partir de unas condiciones perfectas, y eso no impide hacer un proyecto bioclimático. En cada caso hay que estudiar qué estrategias son más adecuadas: la orientación es importante, pero no es el único factor. Podemos trabajar la compacidad del edificio, el diseño de los huecos y la envolvente térmica, combinando varias medidas para conseguir una vivienda confortable.

¿Puede ser bioclimática una rehabilitación, o solo sirve para hacer una casa nueva?
La bioclimática también se aplica en rehabilitación. Aunque partimos de más condicionantes, siempre hay potencial de mejora. Según el caso, se podrá optimizar la distribución para que las estancias principales estén en las orientaciones más cálidas y luminosas, y reservar las zonas más sombrías para espacios auxiliares. También se puede abrir nuevos huecos para mejorar la captación solar o facilitar la ventilación cruzada, o incorporar elementos como aleros o galerías. La clave está en estudiar cada vivienda en su entorno y priorizar las intervenciones que consigan mayor impacto.

Scroll al inicio