Radón, un riesgo que podemos prevenir
La arquitectura ecológica parte de la integración en el lugar: el clima, la lluvia, la orientación, la humedad, la relación con el paisaje y también con la forma de habitar. Pero hay otra realidad invisible que influye de forma directa en la salud ambiental: el radón.
Se trata de un gas radiactivo natural que procede del terreno. Tiene gran incidencia en Galicia y en buena parte del oeste de Asturias, debido a la abundancia de subsuelos graníticos. En el exterior se diluye con facilidad, pero en espacios interiores puede acumularse sin que lleguemos a percibirlo.
Una exposición prolongada a altas concentraciones aumenta el riesgo de cáncer de pulmón. La Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta sobre ello desde 1979 y recomienda no superar una concentración media anual de 100 Bq/m³. Desde 2019, la normativa de edificación exige incorporar medidas de protección en construcciones nuevas y algunas rehabilitaciones para no superar los 300 Bq/m³. Además, a partir de 2024 es obligatorio hacer mediciones en espacios de trabajo ubicados en zonas de riesgo.
En bioconstrucción, incorporamos estrategias frente al radón incluso antes de que la normativa lo exigiese, basándonos en el principio de precaución. El objetivo es mantener la exposición por debajo del nivel de referencia marcado por la OMS, sin esperar a que futuras normativas sean más exigentes en este sentido.
La presencia de radón puede ser muy significativa en viviendas unifamiliares y locales en planta baja. Por eso, no es una cuestión secundaria, sino un factor muy relevante para la salud del hogar que puede abordarse desde el diseño.
Cómo entra el radón en un edificio
La principal fuente de radón en los edificios es el terreno sobre el que se asientan. El gas asciende desde el subsuelo y penetra en el edificio a través de fisuras, juntas, encuentros mal sellados en soleras y muros en contacto con el terreno, así como por pasos de instalaciones. En cambio, la incidencia debida a los materiales (muros o encimeras de granito, por ejemplo) es secundaria, y su contribución suele ser baja.
Tiende a acumularse sobre todo en los espacios en plantas bajas, sótanos y semisótanos. Pero el impacto en la salud no depende solo de la cantidad de radón acumulado, sino de cuánto tiempo se respira. La clave está en la exposición durante periodos prolongados.
El radón en un trastero no es un problema por el tiempo puntual que pasamos en él, sino por la posibilidad de que se filtre al salón o al dormitorio de la planta superior.
En resumen, para que exista una afección a la salud tienen que coincidir:
- Un terreno permeable.
- Vías de entrada hacia el interior del edificio.
- Una acumulación en viviendas o espacios de uso prolongado.
Estrategias de protección frente al radón
El objetivo de estas medidas es reducir la concentración en los locales habitables hasta niveles que se consideran seguros. Es habitual combinar dos estrategias:
- Una barrera que dificulta su paso.
- Una cámara de aire ventilada para disipar la mayor parte del gas antes de que llegue al edificio.
La barrera es una lámina poco permeable al radón, que se coloca en los suelos y muros en contacto con el terreno. Muchas veces, la misma lámina sirve además como capa impermeable, protegiendo de la humedad por capilaridad
Su eficacia no depende solo del material en sí, sino también de que se coloque correctamente, sellando bien las juntas y los pasos de instalaciones. Si quedase alguna discontinuidad, ocurrirá algo similar a lo que sucede con un cubo que tiene un pequeño agujero: al llenarlo de agua, esta irá saliendo poco a poco.
La cámara de aire consiste en separar el suelo de la casa del terreno, conformando una cámara o forjado sanitario. Debe tener aberturas de aire para evitar que el radón se concentre en la propia cámara, lo que finalmente acabaría permitiendo su entrada en el edificio.
La normativa exige dejar unas aberturas en lados opuestos de la cámara de aire. Sin embargo, la ventilación natural solo funciona bien si se dan unas condiciones favorables. Por eso, en EUNOIA, además de las aberturas de entrada de aire, también llevamos una salida hacia el tejado. Esto favorece la extracción y renovación del aire de la cámara. Cuando es necesario, puede reforzarse con un ventilador.
Porque no se trata solo de cumplir la norma sobre el papel, sino de garantizar que la solución funcione en la práctica de forma fiable.
Con cualquiera de las estrategias, es fundamental cuidar los detalles constructivos evitando cualquier junta sin sellar que pueda convertirse en una vía de entrada del gas, especialmente los pasos de las tuberías de saneamiento que atraviesan el suelo del edificio. La protección no depende de una única medida, sino de la combinación de varias decisiones bien coordinadas.
Terminada la obra, es importante comprobar la concentración de radón para verificar que la protección resulta efectiva y que el hogar es saludable.
Estrategias de mitigación en rehabilitación
Que una vivienda se encuentre en una zona de mayor riesgo no significa que necesariamente tenga una concentración elevada. Por eso, el primer paso es medir. Normalmente se colocan detectores durante al menos tres meses, preferiblemente en invierno, cuando los niveles suelen ser más altos.
En caso de detectarse una concentración elevada, se puede realizar un diagnóstico para localizar las posibles vías de entrada. Dependiendo del nivel de radón, las características constructivas del edificio, la distribución de los espacios habitables y el alcance de la obra, se elegirá la combinación de medidas más adecuada.
Si no se va a cambiar el suelo del edificio, pueden utilizarse sistemas de despresurización, que succionan el gas del terreno y lo guían para que no alcance el interior. Habitualmente se instalan arquetas conectadas a un tubo que expulsa el gas de forma segura a la altura del tejado. Pueden colocarse en el perímetro exterior de la casa, próximas a los muros. A veces se incorpora un ventilador para favorecer la extracción.
Si hay un sótano de uso accesorio, como un garaje o un trastero, se puede mejorar la ventilación para disipar el radón antes de que suba a los espacios habitables.
Además, en todos los casos hay que sellar cualquier grieta o junta, tapando todos los puntos críticos por donde pueda entrar el gas.
Una vez ejecutada la intervención, es imprescindible realizar una medición de comprobación. Las medidas de mitigación en rehabilitación pueden alcanzar niveles de efectividad muy altos y reducir hasta un 99% la concentración. Porque una casa antigua también puede ofrecer una calidad del aire óptima.
Vivir mejor también implica protegerse del radón
La protección frente al radón es una condición básica de salubridad, especialmente en lugares donde este riesgo forma parte de la realidad del territorio. Pero no todas las viviendas tienen este problema. Lo importante es medir y actuar con criterio técnico.
Hoy existen soluciones eficaces que no requieren una tecnología compleja. Integrarlas en el proyecto es esencial en una arquitectura que pone la salud en el centro.
Un hogar para vivir mejor no depende solo de lo que se ve. También depende de que la casa responda bien a aquello que no percibimos a simple vista. Solo así puede funcionar realmente como una tercera piel que cuide de nuestro bienestar.
En territorios como Galicia y Asturias, protegerse frente al radón forma parte de una manera más consciente de habitar.
Preguntas frecuentes
¿Ventilar ayuda a reducir el radón?
Sí, pero no sirve como solución principal. Abrir las ventanas ayuda a diluirlo temporalmente, pero no resuelve el problema de origen. Es decir, no impide que el gas siga entrando en el edificio.
En caso de tener una concentración elevada, es fundamental tomar medidas para dificultar su entrada a los espacios habitables.
¿Sirve una medición del radón instantánea?
Hay equipos que dan una medida al cabo de unas horas, pero esto solo sirve como orientación. Los niveles de radón varían en función de diferentes factores, y lo relevante es su concentración media en el tiempo.
Para obtener un valor representativo, se debe medir durante al menos 2 o 3 meses, preferiblemente incluyendo la temporada de calefacción.
¿Es necesario tomar medidas si tengo una concentración de radón inferior a 300 Bq/m³?
Aunque la normativa actual toma 300 Bq/m³ como nivel de referencia, la OMS recomienda no superar 100 Bq/m³. Por eso, si bien no se exige aplicar ninguna medida, desde una perspectiva de prevención siempre es recomendable que los niveles sean lo más bajos posibles. Incluso 100 Bq/m³ se considera un riesgo bajo, pero no totalmente inocuo, especialmente en caso de que en la casa vivan personas fumadoras (la exposición a radón y tabaco multiplica el riesgo).
Por tanto, se debe valorar reducir la exposición siempre que sea posible. Concentraciones muy bajas no conllevan una reforma integral; las medidas han de ser proporcionadas.